Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa
Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa

El trabajo es vital y sagrado

Sábado 20 de junio de 2020, solsticio de verano, tiempo de cambios y buen momento para replantearse la vida.

Reflexionemos sobre el ámbito laboral y su sentido, esto nos servirá como analogía para otros temas importantes. ¿Trabajamos para vivir, o vivimos para trabajar? O, dicho de otra forma: ¿me pagan porque lo hago, o lo hago porque me pagan? El trabajo es vital y sagrado, mas no ése de ocho a cinco, ni el de nueve a seis, ni el de turnos.

Hay unos pequeños caramelitos de las satisfacciones laborales que nos endulzan la mañana. Luego llega el mediodía, la tarde y la noche y el estómago del alma se siente hueco. Cuando concluía un proyecto con resultados impresionantes, un efímero orgullo me alimentaba. Pero en el fondo me sentía vacía y hambrienta, pues lo que estaba haciendo no era mi misión del alma, sino un pasatiempo para poder pagar facturas sin enfrentarme a la vida real.

Uno de mis trabajillos exitosos en 3d, tan ficticio como lo era mi vida

Debemos aspirar a mucho más que esos pequeños regalos perecederos que no nos hacen crecer espiritualmente. Es muy difícil por el miedo existencial de quedarse sin dinero y sin qué comer, pero estos miedos solo nos frenan. Vivir la vida dejándonos llevar por la corriente de la sociedad nos paraliza como almas. Ésa no es la auténtica vida, para eso no estamos aquí. No nacemos para aguantar hasta el final de la jornada, las vacaciones o morir, nacemos para aprender a vivir y a morir.

A veces nos urge tomar decisiones porque sentimos que si no morimos en vida. Es ahí cuando debemos de aprovechar a volvernos conscientes, porque en esos tiempos instintivamente removemos cielo y tierra para salir de la zona de confort en la que perecemos. Al movernos tan abruptamente, pequeñas puertas se abren con decenas de nuevas oportunidades tras el umbral. Si cruzamos por instinto, encontraremos sustento mientras nos encontramos a nosotros mismos. Si cruzamos despiertos, hallaremos caminos de espejos afilados que nos muestren quiénes somos en realidad. Nos dejaremos llevar por la corriente, pero la de la vida de verdad. Aprenderemos a fluir. La vida de verdad, no la social que nos es impuesta, es una aventura y nunca dejamos de conocernos adentrándonos a ella. Una vez fluimos con ella, debemos cuidarnos de no dormirnos en el transcurso, ni de fascinarnos con los tantos brillos al recorrer sus aguas.

Siempre conscientes.

Mi historia personal me ha enseñado estas lecciones.

Maletas

La vida cada vez se asemejaba más a una muerte lenta y tortuosa

Año 2017, Alemania. Resquicios era lo único que de mí quedaba. Matrimonio muerto desde hacía años, vida de pura fachada, sin fondo ni raíces, pero muy cómoda. Llevaba muchísimo tiempo queriendo irme, pero mis miedos me lo impedían. Me dejé fluir en ese homicidio disfrazado de existencia. Mi vida era una tienda de campaña: podía deambular, pero decidí asentarme en ese lugar al que no pertenecía. Me estaba rindiendo. Hasta que llegó a mi vida el amor de verdad, ése al que se reconoce hasta a decenas de miles de kilómetros: amor imposible, difícil, lejano e inalcanzable, pues el humano se deja influir por las apariencias y no profundiza. Pero él a mí me hizo mover montañas y océanos: me hizo descubrir la verdad. Y una vez que la encuentras, no puedes volver a ser incongruente. El amor es sacrificio, un acto sagrado que conlleva un trabajo de conciencia y superación personal.

No podía seguir mintiéndome a mí misma. Tenía tantísimas incertidumbres y terrores, pero llegué al límite: prefería morir arriesgándome, que lenta y tortuosamente. Terminé mi ficticia relación con mi marido alemán, me fui de Alemania y volví a España, a casa de mis padres. Pero tuve que dejar a mis gatas con él hasta que encontrara trabajo y pudiera independizarme. Habíamos llegado a ese acuerdo: él las cuidaba mientras tanto y después yo me las llevaba a las tres. Así que conseguir un puesto estable era mi prioridad, o, mejor dicho, era mi primordial medio para lograr mi gran fin: traer a mis tres gatas conmigo a España.

Papelitos

Me aturdía la idea de no volver a verlas. Mis padres me estuvieron manteniendo durante meses hasta que encontré un minitrabajo. Pero tuve que insistir un mes para que me hiciesen contrato y al finales no cobraba, me pagaban siempre tarde. Así estuve poco tiempo, hasta que elegí irme de ese trabajo. Encontré otro a jornada completa y comencé a planear buscarme un lugar donde vivir. También avisé a mi exmarido para organizar el viaje de las gatas. Pero en este trabajo tampoco me pagaban puntual, tenía que estar diciéndole al jefe varias veces que me ingresara la nómina y finalmente lo hacía con medio mes de retraso (o más).

Pero lo peor de todo no fue eso, sino que mi exmarido comenzó a chantajearme con mis gatas. Empezó a decir que se quería quedar con una. Él quería que yo firmara rápido un papel. Tenía un abogado y, según él, a mí no me hacía falta uno, pues era un trámite muy sencillo. Firmar un papel en el que renunciaba a todo: ésa era su condición para que me devolviera a mis gatas, pero si a las tres o solo a dos de ellas no quería decirme.

Mis gatas para mí son de los seres más importantes en mi vida, quien me conoce un poco sabe esto. Estuve todo un mes llamando por teléfono a mi ex para intentar llegar a un acuerdo con él: si me aseguraba que me devolvía a las tres, yo le firmaba el papel que quisiera. Pero seguía usándolas para intentar manipularme y presionarme. Se reía y burlaba de mí al teléfono todo lo que quería y al final me colgaba sin darme ninguna solución. Ni siquiera sabía cómo estaban mis gatas. Así transcurrió un mes, hasta que hablé con una amiga alemana y ella me recomendó a una abogada de allí.

Mientras tanto, mi situación laboral empeoraba, pues la empresa decidió mudarse a un pueblo todavía más lejano y a los trabajadores nos avisaron días antes y porque alguien, ante la evidencia, preguntó. Seguíamos cobrando algunos con retraso, como yo, otros llevaban 7 meses sin sueldo. Así que estaba presionada en encontrar un nuevo trabajo. Tuve dos opciones y elegí la que estaba en mi ciudad. Asistí dos días: apestaba demasiado a rancio conocido, a que de nuevo iba a estar sin cobrar y el supuesto gerente no tenía ningún interés en hacerme el contrato. Ya tenía experiencia en estas dos situaciones, así que al tercer día me autodespedí (si se puede llamar así, por la falta de contrato). Me puse en contacto con la otra empresa que me había ofrecido empleo y me aceptó. Comencé a trabajar ahí y todo parecía ir bien: cobraba muy puntual y desde el primer día tenía todos los papeles en regla. Parecía que había encontrado la estabilidad en el trabajo. Me busqué un alquiler.

Por otro lado, mi abogada estuvo ocupándose de mi caso y logró pararle los pies a mi exmarido. Después de un año y tres meses sin ver a mis gatas, tras estar luchando cuatro meses por traerlas, por fin vinieron las tres a España a vivir conmigo.

No solo recuperé a mis familiares peludos, sino que mi abogada hizo cumplir mi derecho a manutención y le obligó a enviarme todas mis pertenencias. Vinieron en cajas rotas y faltaba la mayoría de mis libros. Según mi ex, no estaban en su casa, lo cual era absolutamente mentira, porque yo sé dónde dejé las cosas. Me dispuse a hacer una lista de todo lo que faltaba (más de 120 libros) y finalmente no le quedó de otra que mandármelo. De nuevo en cajas rotas y algunas llenas de tampones, compresas y botellas de crema vacías cuyo envío, además, tuve que pagar yo.

Así me llegaron las cajas desde Alemania

La expresión mortecina del cuerpo

Sin embargo, mis gatas vivían conmigo y recuperé mis pertenencias, además de recibir un dinero extra que venía de Alemania. Y tenía trabajo estable. Parecía ir todo bien, aunque la vida transcurría de casa al trabajo en un frenético ritmo que me estaba enfermando. Empecé a sentir más sensibilidad de lo normal a olores, desarrollé un olfato exagerado y ante determinadas sustancias, como lejía, suavizantes, detergentes o humo de coches, se me inflamaba la garganta, me entraba dolor de cabeza y hasta me daban ganas de vomitar. Mi cuerpo me estaba avisando de algo. Esto impulsó mi decisión de dejar de ser vegetariana y volverme vegana. Algunas mañanas amanecía con un párpado rojo e hinchado sin que me hubiera picado ningún insecto. Otras veces me salía en uno de los orificios de la nariz un bulto que permanecía días. Pero seguía como máquina autómata con mi rutina diaria, porque no podía permitirme parar, o me quedaría sin trabajo y dinero para subsistir. Estaba tan ensimismada con esta obligación, que no cabía en mí pensar en otra alternativa.

Lo peor ocurrió en mi tercer viaje a México, a finales de noviembre del 2019. Después de pasar más de diez meses sin ver a mi hombre, iba a su país para reunirme con él, por fin descansar y disfrutar de la vida en su compañía. No sé si el sol o el jabón me abrasó la piel cuando no llevaba ni 24 horas allí. A eso le siguieron, entre otras cosas, infecciones de garganta y orina, fiebre y un malestar tan grande, que no me tenía en pie, me mareaba y no podía ni comer. Tenía mucho frío en México, sí, estaba helada y temblaba. Mi sistema inmunológico estaba muy débil. De los 18 días que estuve allí, me pasé al menos cinco así de enferma y otros tantos con menos dolencias, pero no sana al cien. Se suponía que iba a relajarme, y sin embargo mi cuerpo, tanto tiempo obligado a comportarse como una máquina, aprovechó estas vacaciones para expresar todo su malestar reprimido durante meses o incluso años. A pesar de todo, al final el viaje resultó muy positivo para mí, pues mi novio y yo nos unimos y conocimos más aún.

Volví a España feliz y continué con mi rutina. Pero en enero del 2020 sufrí uno de los acontecimientos más dolorosos de toda mi vida: una de mis tres gatas, Arcki, murió. Además su muerte se debió a que traje una planta envenenada con herbicidas. Este hecho me sumió en la más profunda tristeza e impotencia. Estuvimos tanto tiempo separadas y batallé tanto por recuperarlas, para que al final una de ellas me sea arrebatada de esta manera. Tener la certeza de que un hecho tan trivial como comprar una planta puede resultar letal, más la certeza de que vivimos en una sociedad donde estas cosas se permiten me perturba hasta ahora. Asumir su muerte y esos recuerdos de verla sufriendo durante una semana me ocupa hasta ahora. Pero tenía que seguir trabajando y cumpliendo aun estando aturdida. Mi vida se había reducido a eso.

Por otro lado, la vivienda que tenía alquilada tenía unas humedades impresionantes. Desde que entré a vivir, vi pequeñas manchas en paredes y techo y sentía el olorcillo. A medida que pasaba el tiempo, se iban incrementando. El dueño del piso no hacía sino dar largas y poner excusas para no arreglarlo. Yo pienso que nunca lo había querido resolver y simplemente daba una capa de pintura para alquilar al posterior inquilino. Nos teníamos que ir de allí cuanto antes. A parte de la obligación laboral, tenía la presión de encontrar nuevo piso. En marzo nos mudamos a otra vivienda y el día siguiente a la mudanza España lanzó una orden de stop: comenzó el confinamiento por la pandemia del Covid.

En el trabajo me dijeron que tenía que ir, pero no había autobuses y la empresa está a unos 50 km de donde vivo. Me dijeron que me llevara mi padre o le pidiera el coche, pero por supuesto mi padre no me podía llevar (estaba prohibido y además no le iba a exponer al peligro) y yo no conduzco. Me dijeron que entonces me quedara en casa, que hablarían con el asesor. Cinco veces propuse teletrabajo y no me hicieron ni caso. Al final, me dijeron que me harían un ERTE y que éste tardaría en llegarme. Pero una mañana me despierto y me encuentro con una carta de despido sin indemnización alegando un montón de mentiras. Además, no me pagaron los días en los que me quedé en casa (a pesar de haberme dicho que me quedara). Lo segundo que hice, tras contárselo a mis más allegados, fue llamar a los sindicatos. Es la tercera vez que recurro a ellos desde que volví de Alemania, después de pasar por tres trabajos (sin contar con ése donde solo estuve dos días y me largué). Gracias a Comisiones Obreras he logrado que me devuelvan al menos el dinero de los días que no me pagaron y parte de lo que me corresponde de la indemnización. Ahora vivo gracias a lo que cobro del paro y a la manutención que me llega desde Alemania.

La montaña con la que no tropiezo más

Hay una fuerza invisible en el universo que, a medida en que tomas decisiones, actúas y te mueves, no te deja caer en el abismo. Si remueves cielo y tierra, nuevas puertas se abren ofreciendo nuevas oportunidades tras su umbral. Tienes que ponerte de pie, guiarte por el instinto y cruzar.

Esta vez no he hecho como otras de agobiarme y dejarme arrastrar por los miedos existenciales. «¿Cómo voy a hacer? ¿Cómo pago el alquiler? Y si…» No. Ya basta de eso. Ahora me lo puedo permitir, pues gracias a que luché por traer a mis gatas, también me vino la ayuda de Alemania que recibo cada mes. En vez de ponerme de nuevo desesperada a buscar, lo que he hecho ha sido mirar mis sombras, investigar sobre cosas que me interesan y escribir. También he mandado solicitud a ofertas de redactora digital, para escribir sobre diversos temas, y a revistas digitales por iniciativa propia. Aún no se ha dado nada, pero no me voy a desesperar esta vez. Tengo una oportunidad para readaptarme y labrarme un futuro más pleno y auténtico, una oportunidad que me llega tras mucho trabajo consciente. Este tiempo es muy importante para mí, pues desde que volví de Alemania solo pensaba en encontrar trabajo seguro para traerme a mis gatas. He descubierto que no hay trabajo seguro más que el del autoconocimiento.

Movimientos banales y actitudes vitales

No quiero volver a mi vida de antes. Trabajaba porque me pagaban, en vez de que me pagaran porque trabajaba. Por supuesto aún tengo miedos existenciales y en ellos me estoy volcando para superarlos. El trabajo es un estado de vida para alcanzar mayor conciencia. Se trabaja para alcanzar fines, plenitud, alimento, dicha. Pero nuestra sociedad lo considera como el medio para contribuir a mantenerla, mientras nos engaña con caramelitos de orgullo laboral, o con recompensas materiales, porque hasta las vacaciones se han convertido en un producto y nos hemos cegado aún más tras la pantalla de la cámara. El mundo ya ni siquiera tiene tres dimensiones, ahora son solamente dos: ya no pisamos los lugares que visitamos, buscamos un plano que proyecte profundidad y únicamente palpamos los monumentos para encontrar la mejor pose fotográfica que mostrar a los demás.

Hemos banalizado hasta la espiritualidad. Incluso ser vegano se ha convertido en una moda, cuando en realidad no es un estilo de vida, sino una toma de conciencia sobre los animales, el medioambiente y la salud manifestada congruentemente a diario. Es un sacrificio, un acto sagrado y un compromiso desde lo más hondo del alma, al igual que el amor. Es un trabajo de conciencia, como lo son las relaciones con los demás, la manera de sustentarse y absolutamente todo lo que está fuera y dentro de nosotros. Debemos cuidar todo lo que nos penetra.

Amor sagrado

Todo lo que integramos en nuestro interior tenemos que procurar que sea sagrado: la comida, la información que captan nuestros sentidos, como los libros que leemos, televisión que vemos, publicidad que tragamos, conversaciones que tenemos, los ambientes en los que convivimos (empresas, familias…), la naturaleza de la que deberíamos rodearnos y a la que tendríamos que respetar. Todo ello es una energía que se va depositando y nos va transformando. En relación a esto, nuestra vibración va subiendo o bajando. Luego están las actitudes hacia afuera que son reflejo interno de lo que somos y deben asimismo ser actos puros y sagrados. El sexo debe ser por excelencia un ritual sagrado, pues en él compartimos todo lo que somos con la persona amada y le confiamos nuestras luces y sombras. Aunque ni siquiera lo sepamos, le otorgamos al otro un enorme poder sobre la propia energía íntima para volvernos uno con él. En este ritual se funde la parte física, energética y emocional de ambos. Es confianza pura y plena. Cuando te vuelves consciente sobre esta verdad, ya nunca más podrás volver a ser incongruente en tus actos.

Pero en este mundo por desgracia todo se banaliza, pues si no nos conocemos ni a nosotros mismos, ¿cómo vamos a estar despiertos hacia lo demás? Se pierde la profundidad, porque primero uno tiene que adentrarse en su propia profundidad, y eso cuesta esfuerzo y energía. El mundo se simplifica y aplana, se vuelve espejismo que nos ciega y entretiene con reflejos de otras dimensiones. Ya es hora de hacer trabajo de reconexión y sanación propia para descubrir que todo es sagrado, respetarnos a nosotros mismos y respetar todo lo demás. Solo así puede cambiar el mundo.

Hoy, sábado 20 de junio de 2020, solsticio de verano, tiempo de cambios y buen momento para replantearse la existencia y para preguntarse a uno mismo: ¿quién soy yo realmente y qué quiero en mi vida? Ése es el trabajo vital y sagrado al que debemos fidelidad y continuidad: el trabajo en nosotros mismos. Ése es el que verdaderamente nos va a sacar de la ruina.