Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa
Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa

Dentro de no mucho tiempo, en un universo no muy lejano… La gran explosión en mí

Próximamente publicaré mi tercer poemario, La gran explosión en mí, el cual relatará la historia del universo desde antes del Big Bang hasta su muerte. Mas este cosmos general se entrelaza con el particular mío; las secciones, ocho más la número cero, la que corresponde a lo ilimitado anterior al todo, se corresponden con las etapas del universo.

Hay poemas basados en teorías de la física cuántica, cánticos al origen de la vida y a la roca inerte, a los astros y la emigración a otros planetas; lo originalmente mitológico que invento es una mezcla que respira de la cultura clásica, de la ciencia y de vivencias propias metamorfoseadas en explosivas metáforas. Aunque el origen fuera un esparcimiento.

Siempre me ha fascinado utilizar las herramientas de las ciencias y las artes para crear imágenes que, aunque no se conozca sobre lo que están basadas, expresen y hagan sentir al lector.

Cuando vivía en Alemania, veía un programa de televisión sobre astronomía llamado alpha-Centauri. En los 15 minutos que duraba cada emisión, el astrofísico y filósofo Harald Lesch explicaba las teorías más complicadas sobre física, física cuántica y astronomía de una manera que cualquier persona sin ningún conocimiento científico pudiese comprenderlo. Este señor tiene realmente un don para comunicar asuntos extremadamente peliagudos. Yo, que siempre tuve problemas con matemáticas, física y química, por fin era capaz de entender de manera básica lo más complejo del universo.

Como este poema inspirado en la creación del universo:

Quizá dios se bañaba en magma,
quizá tú eras magma
y yo dios
o el sueño
en ti,
o tal vez del sueño
en mí borboteaban
suspiros naufragados
y necesité sublimar la linfa
derramando una ninfa fuera
a retar la fiebre de la piel
catapultando los brazos de hielo.

Más allá aprendí a respirar
y olvidarte sin mirar atrás
fue la más suprema fuerza
del universo:
desmembré cuatro alas fundamentales
para soportar el vértigo.

Diez elevado a treinta y dos Kelvin, de María Ferreiro