Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa
Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa

El poemario que tal vez no debí publicar

Hoy vengo a confesar que escribí un libro con el que no estoy satisfecha. En cierta manera, me avergüenzo de él. Y no es por falta de calidad literaria. Publiqué mi segundo poemario el 4 de diciembre del 2016, fecha la cual parecería que auguraba justo un año después mi decisión de irme de Alemania para siempre y separarme.

Me causa malestar su nombre, su portada y su contenido. Detrás de un título tan simple como El mar hay una historia más compleja. Una que tuvo su origen en el 2007 y que terminó diez años después. Una por la que me mudé de país, cambié la salada costa del Cantábrico por la árida planicie de Renania. Por la que pretendí ser camaleón de mí misma, mas mi sangre nunca fue tan fría. Por la que aguanté mucho más de lo que dignamente es admisible.

Una noche fui a cenar a la vivienda de unos amigos en Santander que eran estudiantes procedentes de distintos lugares de Europa. Uno de ellos, italiano, celebraba su fiesta de despedida. Allí conocí a un alemán que era nuevo en España y estudiaba ingeniería y comercio internacional. Su nombre era raro y familiar a la vez: como el título de mi poemario, pero escrito todo junto y entonando la primera letra. De aquella yo llevaba cuatro años estudiando alemán, pero no sabía ni decir una frase completa (mucha teoría y falta de práctica). En un primer momento, no hubo ninguna conexión; es más, me incomodaba el hermetismo de su presencia. El tipo era impermeable, serio y opaco. Pero empezó a salir con nuestro grupo de amigos y comenzó a abrirse un poco, incluso conversábamos en ambos idiomas.

En aquel momento, yo estaba interesada en otra persona y había escrito la primera parte de los poemas de mi primer libro, Dialéctica de ojos. Pero la relación no funcionó y en este tiempo escribí la trágica segunda parte de dicho poemario. A pesar de ello, esta otra persona y yo quedamos como amigos y nuestra camaradería ha sobrevivido hasta el día de hoy. Quién me iba a decir entonces que acabaría casándome con el tímido e inofensivo teutón que poco a poco se estaba ganando mi amistad, que acabaría encerrada años después en un pueblo de la Alemania profunda, sirviendo de mueble y complemento público decorativo, ignorada en toda mi esencia, presa de mí misma, y que todo terminaría en manos de unos abogados.

Pero volvamos al 2007 y 2008. Meses después de conocernos en aquella cena de amigos, comenzamos una relación a distancia. Él volvió a su país, a continuar con su carrera universitaria. Yo caminaba muchos amaneceres por las playas de mi ciudad, frente a la brisa marina, donde creé todos los poemas de El mar: metáforas de las aguas y las lejanías, de aquello que me parecía tan palpable y resultó ser un reflejo sin fondo. A pesar de sentirse tan reales los versos de mi poemario, eran corrientes superficiales, resaca tras un fuerte oleaje que casi me quiebra en el acantilado.

Sin embargo, en ese momento no me daba cuenta. Él era visto con buenos ojos por mi familia y amigos, un buen partido. Yo me sentía orgullosa de satisfacer los gustos de mis cercanos. Era el hombre que toda madre desea tener de yerno: educado, estudiado, buenos modales, futuro y situación económica que prometían estabilildad. Y encima alemán, de un país tan avanzado. Un envoltorio preciosamente reluciente que toda madre confundiría con un caramelito. Estaba feliz de vivir en un modelo de pareja tan idílico. Pero por dentro no escondía dulzura: se contenía, se aguantaba y se mascaba la belicosidad.

En 2010 me mudé a su país, donde residí casi ocho años. Tal vez algún día cuente lo que viví en esa época. No lo sé.

Lo que sí sé es que, desde que volví a España en 2018, ya no he querido volver a nombrar a la mar por su masculino nombre. Dejó de sonarme bonito y prefiero decirlo en femenino, o, simplemente, el océano. Hasta perdí las ganas de caminar por sus orillas.

Cual instante que actualiza
el temblor en el tímpano,
tras el fulgor cuando estira
húmedas bocas a un ritmo.

Cual época clandestina
bajo un efímero abrigo
en que el mar o la vida
refleja sobre sí el ciclo:
inquietante tumulto
en tropel agitado,
empujando los nudos
en las cuerdas tensados.

Cual blanquecino alarido
entre la baba empujado
al ceñirse al oído
el cuello ahogado.

Cual fugaz poro afligido
propulsa su intervalo
y en decreciente alivio
de alusión desterrado:
inquietante tumulto
en tropel agitado,
empujando los nudos
en las cuerdas tensados.

Tal es la soledad;
tal su inmensidad.

El mar muerto, Arim Atzin (María Ferreiro)