Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa
Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa

No volveré a votar a ningún partido político

El 8 de enero del 2020 fue un día maldito que duró una semana. Una larga y tortuosa semana. Tortuosa sobre todo para una de mis tres gatas, Arcki. Ella aguantó el veneno siete 8 de enero. Ella expiró al séptimo día. El 15 de enero del 2020 fue un día maldito que dura meses. Hasta hoy se alarga la tristeza e incredulidad de cómo es posible que el bonsai que compré tuviera los herbicidas capaces de matar a un ser tan noble y puro: a mi gata Arcki. También podrían haber asesinado a un niño. ¿Y entonces qué? Parece que por ser de la especie humana, la vida tiene más valor que la de un simple animal. Pero para mí Arcki era, es y siempre será mi hija.

Lo que queda del cuerpo físico de Arcki está en esta cajita de madera en un altar dedicado a ella

Después de su muerte, no sabía qué hacer para evitar que a alguien más le sucediera lo mismo. Estaba, además de rota, enfadada con el mundo: con la sociedad consumista e inconsciente con la naturaleza. Necesitaba actuar, necesitaba cambiar el mundo, movilizar a la población para exigir la abolición de los agroquímicos, o, al menos, la información sobre éstos. Me puse a hablar con gente y a investigar.

El jardín de Monsanto

Una amiga, que ya tiene sus años, me contó que uno de sus hijos casi se muere de pequeño. Había estado jugando en el parque con amigos y de repente se puso muy enfermo y a vomitar. Estuvo ingresado en el hospital y los médicos dijeron que se salvó por poco y que tenía una intoxicación. ¿Pero de qué? ¿Por jugar en el parque? Mi amiga estuvo preguntando a su hijo por lo que había hecho aquel día: una de las niñas con las que estuvo jugando, que era un poco manducona, les dijo a él y a otro amigo que comieran hierba; él la comió y se envenenó. ¿Con césped común y corriente? Parece ser que no era del todo natural y la mano fumigadora había sazonado con herbicidas aquel parque donde los infantes disfrutaban de la supuesta naturaleza.

Me puse a investigar en change.org más casos. Una búsqueda rápida con la palabra clave «herbicidas» y me llevé las manos a la cabeza de la cantidad de peticiones que ya hay para la regulación de su uso. Muchas de ellas no llegan a cien firmas.

En Denia, muchos ciudadanos han expresado su preocupación por el uso de glifosato, un herbicida tóxico y no selectivo, en los espacios públicos (áreas verdes, parques, jardines, etc.)

Detener el uso de glifosato en las zonas públicas de Denia, change.org

Pesticidas y herbicidas altamente tóxicos y que están prohibidos por la OMS se usan en las huertas de aguacate de Michoacan para aumentar la producción de aguacate. Sin embargo, el uso de estos químicos está provocando altos indices de cáncer en niños, mujeres y hombres. El cáncer es la tercera causa de muerte infantil en Michoacan.

Parar el cáncer en niños en las zonas aguacateras de Michoacan, change.org

Año tras año, nos fumigan con herbicidas en parques infantiles sin darnos ninguna información. Campan a sus anchas sin cumplir las normas, como información de cuándo se va a realizar, qué producto es y carteles después de su uso, porque ellos se van y seguidamente vienen niños a jugar que se sientan en el suelo a jugar y, como niños que son, luego se meten las manos a la boca y nuestros animales se pasean y comen esa hierba envenenada. Este año, como algo excepcional, se han puesto un traje que otros años ni tan siquiera llevaban.

No más herbicidas en Quintanar de la Orden, change.org

Nos oponemos al empleo de herbicidas por las consecuencias que tiene para la vida silvestre y vegetal. La destrucción de la corteza vegetal del suelo reduce la variedad de plantas, la biodiversidad se ve reducida, y disminuyen los lugares que son nichos de vida de insectos, reptiles, aves y peces.

No al uso de herbicidas en espacios públicos, change.org

Firmé las peticiones y me pregunté si serviría de algo hacer una por lo que le ocurrió a mi gata. Viendo lo visto, deduje que solo sería un gasto de energía. Debía hacer algo más, llegar a más gente para cambiar algo.

Con likes no hay paraíso

Para empezar, difundí a través de las redes sociales lo que le había pasado a Arcki para que nadie más con animales o niños pequeños comprara en la floristería LAS FLORISTAS, ni en ninguna otra, por el uso de herbicidas. Mi reseña en Google solo la puedo ver yo, públicamente parece no estar disponible. Al menos la cuenta de Google sí que la desintoxican, no como las plantas que venden. Mi entrada en Facebook recibió algunos likes y comentarios de la horrible tragedia. Y ya está. Justo lo que no pretendía: dar lástima.

Desde entonces, tanto mi novio como yo tomamos mucho más en cuenta la importancia de comprar productos ecológicos o cultivarlos (él está asistiendo desde febrero en México a talleres de huerto urbano ecológico, permacultura y bioconstrucción). Los tóxicos nos rodean y nos penetran: se nos impregnan en la ropa, zapatos y piel cuando paseamos por jardines urbanos (y rurales), los fumamos a diario de los tubos de escape de las ciudades; pero también una parte importante la llevamos al aparato digestivo: ingiriendo «alimentos» de agricultura extensiva repletos de herbicidas y demás químicos que, después de arrancarse mecánicamente del empobrecido y venenoso suelo, son llevados a ser procesados industrialmente, plastificados y transportados miles de kilómetros para consumirse, finalmente, sin conciencia ni conocimiento de su procedencia. Pero, además de esto, también los tenemos en casa decorando el espacio, como ornamento. Están en todas partes. También en privado hablé con algunas amigas amantes, como yo, de los animales y ellas lo tomaron muy en cuenta. Al menos logré concienciar a unas pocas personas.

Pero no me parecía suficiente. Tenía que lograr llevar el caso de Arcki a personas más influyentes.

Los servicios públicos al servicio de nadie

Llamé a la Oficina del Consumidor y les conté lo que había pasado. La única opción que tenía era volver a la maldita floristería, pedirle al repelente que me vendió la planta (el cual es propietario) que me diera la hoja de reclamaciones, aguantar dentro de la misma tienda escribiendo todo lo que había pasado, darle una copia a él y quedarme con otra copia yo. Pregunté si no lo podía hacer online, ya que no quería volver ahí, y no, me dijo que no se podía. Pregunté si podía ir otra persona por mí y no, no se podía. Únicamente me quedaba enfrentarlo sola: volver a respirar el penetrante perfume de sus flores fitosaneadas, aguantar su careto y tener el valor de pedirle la hoja, ante lo cual seguro que haría algún comentario descarado y me preguntaría para qué. Enconces, le tendría que decir que mi gata ya había muerto (lo cuál seguro que ya sabía por la reseña en Google que ocultó) y él me diría, de nuevo, que eso no tiene nada que ver con sus plantas, como ya me dijo cuando tenía a Arcki ingresada y fui a preguntarle si usaba algún tipo de herbicida (a lo cual tuvo la jeta de responder que no). ¿Pasar todo ese trauma para qué? Tan solo para que el petulante pestilente corriera con los 600 euros de gastos de veterinario que me había ocasionado intentar salvar a Arcki e incinerarla. Pensé en ello durante días y semanas y no, no tuve ovarios de atravesar de nuevo por todo ese trance para un dinero que habría invertido una y mil veces por mi gata.

El de la Oficina del Consumidor también me dijo que llamara al Ministerio de Sanidad y les expusiera mi caso. Eso hice. Al teléfono la interlocutora me contó que había pasado algo parecido con perros envenenados en el entorno rural por herbicidas, que le dejara mi dirección de email, que ella iba a preguntar y, cuando tuviera más datos para ver qué se podía hacer, me escribiría. Han pasado cinco meses y sigo esperando.

Ongs y políticos al servicio de las apariencias

Mi siguiente idea fue hablar con ONGs y partidos políticos que se supone son afines a temas ecológicos, animalistas y sociales; es decir: con Ecologistas en Acción, Equo, PACMA y Podemos (perdón, Unidas Podemos).

Primero llamé a Ecologistas en Acción:

—Bueno, ése es un tema más bien animalista.

—Es animalista y ecologista: son productos nocivos circulando libremente que se echan en parques, plantas y alimentos, que matan a animales y podrían matar a personas.

—Ya, pero ahí nosotros no podemos ayudarte… Mejor pregunta a PACMA.

Muchas gracias, Ecolobbyistas en Acción.

Busqué en la web de PACMA y no encontré un teléfono, así que les mandé un email contando todo y preguntando si tenían alguna oficina en Santander.

Entre tanto, escribí a través de Facebook a Podemos Santander (perdón, Santander Sí Puede) y de ahí me derivaron a una persona que se supone me podría ayudar y que es además muy activa en grupos animalistas. Le escribí todo lo que había ocurrido y le pedí apoyo:

Necesito tu/vuestra ayuda para que algo así no vuelva a pasar. Estos herbicidas que llevamos a casa vienen en plantas que tal vez vengan de fuera de Europa. ¿No hay controles? Debería de haber. Y deberían de indicarse en las plantas sus «ingredientes», los herbicidas y demás químicos que les echan. Deberían de regularse estos productos tóxicos. También en alimentos y en todo lo que nos rodea. Es un tema muy amplio y complejo, lo sé. Pero siento la necesidad de luchar por esta causa, de mover las cosas.

Cinco meses después, sigo esperando respuesta de esta supuesta compañera de causa. Desde luego, que unidas podemos a la vista queda.

Recibí contestación de los de PACMA: solo tienen sede en Madrid, así que les podía comentar por email lo que había pasado. Y lo hice. La respuesta:

Cada día recibimos decenas de llamadas y mensajes alertándonos de casos de maltrato animal y nos resulta imposible poder atenderlos todos. Por lo que creamos esta herramienta para que puedas denunciar tú misma: yodenuncio.pacma.es

Hm… ¿Maltrato animal? En este caso había sido asesinato (imprudente) y denunciándolo no lograría mi cometido de que hubiera una propuesta de ley para regularizar el uso de los fitosanitarios. Rabia que Arcki no fuera toro para darle tanta publicidad. A pesar de ello, me metí en el enlace y era un formulario para redactar denuncias muy bien organizado paso a paso. Tenía que elegir opciones y al final detallar los hechos. Otra vez escribí todo lo sucedido con fechas y datos. Al final se generaba un documento en PDF que había que imprimir, firmar y llevar a la policía. Con este papel se ponía la denuncia. Muy fácil todo.

Volví a mi veterinario y le pedí un certificado de la causa de muerte de Arcki. Me lo redactó y, al dármelo, me explicó varias cosas: ese certificado no era prueba suficiente de que a mi gata la mató un herbicida. Él, como experto, sabía que había sido así, pero ante la justicia era necesario probarlo científicamente. La única opción sería analizar la planta (la cual había regalado a una persona que no tenía ni mascotas, ni niños pequeños y que sabía todo lo que pasó) y analizar el hígado de mi gata. A lo primero estaba dispuesta, es más, ya había llamado a varios laboratorios. El problema era que Arcki ya había sido incinerada. Me faltaba la prueba clave. El veterinario me dijo, además, que aunque tuviera la confirmación del envenenamiento por esa planta, el proceso de denuncia sería muy largo y caro. Pero encima yo no podía demostrarlo legalmente. Me desaconsejó denunciar, pues tenía todas las de perder. Me llevé su certificado a casa y lo guardé en un cajón junto con la inútil denuncia firmada.

Pero, para aquel entonces, ya había recibido buenas noticias. ¡Un político había tomado en serio mi caso! Se trataba de uno de Equo. Había telefoneado días antes con su equipo de Madrid y me contaron las iniciativas ecológicas que estaban luchando por llevar al parlamento. También me dieron el teléfono de un compañero suyo en Santander, al que le escribí por WhatsApp. Y me contestó ofreciéndome varias propuestas:

  • Que le mandara el informe veterinario para que ellos hablaran con el responsable de la tienda y le pidieran información sobre los productos que él o el vivero le han podido aplicar al bonsai
  • Que me podrían ayudar a iniciar una campaña de recogida de firmas para denunciar el hecho y hacer una nota de prensa
  • Que podrían solicitar algún medio legislativo que evite estas situaciones con algún tipo de etiquetado
  • Que trasladaría mi consulta a unas amigas abogadas que están en el grupo de Equo Animales en Madrid para ver si nos daban alguna pista más de qué acciones llevar adelante
  • Que me pasaría el teléfono de una amiga cántabra que está en una asociación de defensa de los gatos para tener más apoyos

Hasta ahora habían sido los únicos en hacerme caso y en proponer medidas. Además, parecía que se iban a movilizar conmigo. Le pasé todo lo que me pidió más un resumen de lo ocurrido y me respondió que también me podían poner en contacto con una radio para hacerme una entrevista. Que se leería despacio el resumen y me diría. Esperé… le di tiempo: cinco largos meses. Y sí que lee despacio, pues, después de casi medio año, aún sigo esperando a que me diga.

Agotada, desgastada y burlada, me harté de buscar apoyos fuera. No le insistí a este señor, ni a nadie más. Mi necesidad de hacer una revolución me había consumido las fuerzas. Soy una doña nadie, insignificante. Una sola persona no puede hacer la revolución en un mundo repleto de personas. Simplemente, desunidas no podemos y unidas tampoco. Los políticos lanzan discursos que salen caros a la esperanza de la plebe. No han hecho más que debilitarme. Política, de Πολιτικά, politiká, ‘los asuntos de las ciudades’. Sin embargo, no les preocupan los problemas que afectan a todos. Falsedad desde la raíz de su nombre. No voy a volver a votar nunca más en mi vida a ningún partido político.

Pero una sola persona puede hacer la revolución en su mundo interior y de eso trata esta enseñanza.

Meditando

Estaba aún más cabreada con todo y todos. A parte del dolor por la pérdida de mi ser querido, me había llevado una gran decepción y la certeza en carne propia de que los políticos no sirven de nada. Existen para cobrar nóminas por hablar humo y echarse las culpas los unos a los otros. Nosotros les servimos a ellos. Somos el pueblo que sustenta el circo y, mientras siga habiendo pan, seguiremos contemplando y promocionando el lamentable espectáculo. Desviviéndonos como cuando juega el Barça y el Madrid. Criticando los de un partido a los del otro, como hacen ellos. Y pagándoles de nuestros impuestos.

Las leyes del Estado ya son, mas no son necesariamente justas, ni universales, ni espirituales. Si hubiera una anarquía tal vez la gente a la fuerza se volvería más consciente de qué es justo y qué no. Qué burradas digo, probablemente habría más caos. Somos borregos y necesitamos pastores que nos digan por dónde ir. Tenemos miedo de independizarnos de esos astutos inútiles, porque ellos también son humanos, como nosotros, y también nosotros somos astutos e inútiles por naturaleza, además de perezosos para pensar y actuar por nosotros mismos (como ellos, pero sin enchufe, sin conectes). La política nos sirve para no afrontar la incómoda realidad de que el humano es un producto del egoísmo.

¿Pero no era al revés, que el egoísmo es un producto humano? En una sociedad como la nuestra, capitalista y consumista, somos moldeados a su imagen y semejanza. Pero la sociedad es un constructo mental cuyos pilares son las creencias y costumbres y éstas se fundamentan en una falta de comprensión de la verdadera esencia humana.

Los egos son lo contrario a esta esencia. Ellos fragmentan y enfrascan la luz de nuestro ser en muchas partes. Los hay positivos y negativos (esto no significa «buenos» y «malos»): los que nos sobrevaloran, como la vanidad, el egoísmo y la intolerancia, y los que nos infravaloran, por ejemplo, la vergüenza, el martirio y el victimismo. Son los extremos: van desde la temeridad hasta el miedo. Son la aberración de las virtudes: la dignidad es necesaria, pero el orgullo corrompe a las personas.

Sin egos seríamos libres de las ataduras que nos aferran a nuestra irrealidad llamada sociedad. Ellos nos esclavizan y manejan a sus anchas: en un mismo día hemos pasado de la euforia a la depresión, de la ira a la apatía, de ser simpáticos y amables con unos a maleducados o indiferentes con otros. Funcionan por impulsos emocionales subconscientes. Son nuestras máscaras, nuestras apariencias, y la mayoría de las veces nos relacionamos solo de ego a ego. Cuando tu ego ya no trae ningún beneficio al mío, dejamos de ser amigas. O, traducido: cuando llegas a una etapa en la que prefieres quedarte en casa tranquila leyendo en vez de complacer mi necesidad de evadirme bebiendo y yendo de fiesta, dejas de ser mi amiga. Por supuesto, esto es solo un ejemplo de muchos. Superar estos yoes es una de las cosas más sumamente complicadas que puede hacer el ser humano.

Un día, en clase de meditación, estábamos tratando este tema de los egos. Expuse en el grupo mi derrumbe emocional por haber pretendido concienciar a la gente de un asunto tan importante como es el de los herbicidas, viéndome finalmente sola. Santi, mi profesor, liberó una luz en mi interior:

—Vivimos en una sociedad en la que a menudo hay asesinatos, robos, violaciones y demás —dijo—. Si no hubiera egos, no existirían estas injusticias. Todos formamos parte de esta sociedad y contribuimos para que sea así un poquito, pues cada uno de nosotros tiene miles de yoes. ¿Cómo pretendemos cambiar el mundo, que tiene miles de millones de personas, y cada una de éstas miles de egos, cuando ni siquiera somos capaces de erradicar los propios?

—Entonces, ¿nada más puedo hacer que cambiarme a mí misma?

—Da ejemplo y, probablemente, parte de tu entorno aprenderá de ti. Y, así, parte de su entorno aprenderá de ellos y se irá formando una cadena.

Me he estado quejando y desesperando mucho y la verdad es que no puedo emprender la guerra mundial de concienciar a los demás de cosas que ellos mismos no han experimentado. Solamente puedo seguir mi propio modelo de vida en base a lo que mi conciencia sabe. Bastante trabajo es eso. Mucho esfuerzo me ha costado entenderlo y lo voy digiriendo. Una de las cosas más complicadas que puede hacer el ser humano.

Independentismo apolítico

Repito de nuevo la diferencia entre virtud y ego con uno de los mejores ejemplos: la dignidad es necesaria, pero el orgullo corrompe a las personas. Las corrompe porque las aleja de enfrentarse a sus propios miedos a no ser aceptadas, a mostrar debilidad y a quedar en ridículo. El orgullo no quiere que la brújula de la conciencia sea libre de medir el término justo por el que las personas se tratan con dignidad a sí mismas y a los demás, esto es, respetando, y abre fuego contra esta verdad que le mataría.

Yo no volveré a regalar mi mísero voto a quienes no hicieron absolutamente nada ante una injusticia. Sí, era mi causa personal, mi gata fue la que murió, pero los productos agrotóxicos nos afectan a todos en conjunto. Ni a los políticos, ni a las empresas internacionales, ni a los consumidores parece interesarles demasiado este problema. Por lo tanto, no pienso volver a votar a ningún partido en lo que me resta de vida. Aunque me quieran vender el oro. A los hechos me remito, no a la palabrería. Por dignidad, no por orgullo. Por respeto a Arcki. Por todos los animales, las plantas y la tierra, que son a los que más afectan estas sustancias.