Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa
Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa

Los siete sellos, un bellísimo poema filosófico y trascendental de Nietzsche

Los poemas de un filósofo no son necesariamente poemas que dan lecciones. Ralph W. Emerson quería que su poesía fuese exclusivamente vista así, pero Heidegger y Nietzsche no, a pesar de la experiencia contemplativa que conlleva leerlos. Mas cuando una enseñanza se capta en un verso, cuando un poema se convierte en un vehículo trascendental con el que se puede acceder a otros estados de conciencia, es muy probable que la filosofía se vuelva poesía, o la poesía filosofía, y más todavía: sagrada.

El caso de Friedrich Nietzsche es complejo al respecto: puede considerarse a su obra Así habló Zaratustra como un importantísimo poema que da lecciones (y así puede hacérsele honor, aunque se queda uno corto). Y es que tenía un don para la filología y el arte (también compuso música), aunque como pensador era considerado por muchos, sobre todo por los del sector académico de la filosofía, como un mero escritor interesante y extraviado. Jamás fueron más allá (del bien y el mal) para comprenderle.

Aún recuerdo aquella anécdota en una entrevista de trabajo en Alemania. Había aplicado para un puesto en la Universidad de Colonia, en la facultad de filosofía. Me entrevistó un Herr Professor Doktor Doktor Doktor Doktor (y seguía: Doktor Doktor Doktor…) que se rió de mí en mi cara cuando le respondí que Nietzsche era uno de los filósofos de mi preferencia. Se ve que tanto título le había nublado por completo el cerebro y tan solo le quedaba un intelecto lleno de cortocircuitos teóricos.

Hay que recordar que en el siglo de Nietzsche, el XIX, la filosofía ya llevaba centurias convertida en diversas teorías y embotellada en el sueño de la razón, libre de libertad emocional y emocionante que tras atravesar los espesos filtros de la racionalidad pura se recompone hueca en el pensamiento. Se pierde el 96% de universo mágico. En realidad, la ciencia surgió de la filosofía cuando el humano empezó a cuestionarse el porqué de los fenómenos que hasta entonces eran explicados mediante mitos. Milenios después, parece ser que filosofía y ciencia pretenden seguir siendo lo mismo, fieles a la mitología científica. Y aquí llegó Nietzsche a romper paradigmas: así habló Nietzsche y todos sus contemporáneos colegas y muchos otros después le consideraron un loco (a él y a los que le consideramos como uno de los más grandes filósofos).

Pero tras la obra filosófica y crítico-diagnóstica de su época, quedó cada vez más recluida toda la no menos importante obra poética nietzscheniana, a pesar de que él mismo publicó gran parte durante su vida. Hoy en día son pocos los que conocen esta grandiosa faceta del gran pensador.

Entre los años 1883 y 1885 escribió un poema titulado Los siete sellos (o la canción del sí y el amén), perteneciente al compendio poético Las canciones de Zaratustra. Los que ya leyeron Así habló Zaratustra reconocerán entre los versos buena parte de su sabiduría condensada y encriptada: cada giro ante la luz de este diamante pulido revelará muchos de los secretos y misterios que Friedrich Nietzsche dejó en herencia para la humanidad y que conocía antes de emprender un viaje sublime del cual jamás iba a regresar (hacia el súperhombre).

Procurando respetar lo más posible la sonoridad y el número de las sílabas en cada verso, y buscando las palabras adecuadas que capten todos los matices de la versión original, así lo traduje del alemán al español:

I

Si soy adivino
y pleno de aquel adivinatorio espíritu
que sobre alto yugo deambula entre dos mares,

entre lo acontecido y lo venidero
deambula cual pesada nube,
hostil a bochornosas planicies y a todo cuanto está cansado
y no puede morir ni vivir,

presto para el relámpago en oscuros pechos
y para el rayo de luz salvadora,
preñado de relámpagos que dicen ¡sí!, ríen ¡sí!,
a los augurales rayos:

¡dichoso es, pues, el gestante!
¡Y, ciertamente,
luengo debe colgar de la montaña cual grave tiempo
quien algún día la luz del futuro ha de prender!

¡Oh, cómo no debería estar ardiendo por la eternidad
y por el ceremonioso anillo de anillos,
el anillo del retorno!

Jamás aún encontré a la mujer con quien quise tener hijos,
a no ser esa mujer, a la cual amo:
¡pues te amo, oh, eternidad!

¡Pues te amo, oh, eternidad!

II

Si mi ira alguna vez quebró tumbas, empujó hitos
y rotó antiguos tableros en trizas a escarpados abismos:

si mi burla alguna vez reventó palabras putrefactas
y cual escoba peiné arañas de la cruz
y cual viento barredor ancestrales sepulcros ensordecidos:

si en regocijo alguna vez tomé asiento
allá donde viejos dioses permanecen sepultados,
por el mundo bendecidos, por el mundo amados
junto a monumentos de viejos difamadores del mundo:

pues incluso iglesias y tumbas de deidades amo yo
justo cuando el cielo de ojos puros
mira a través de sus trizados mantos;
amo sentarme cual hierba y amapolas rojas
sobre iglesias en trizas.

Oh, ¿cómo no debería estar ardiendo por la eternidad
y por el ceremonioso anillo de anillos,
el anillo del retorno?

Jamás aún encontré a la mujer con quien quise tener hijos,
a no ser esa mujer, a la cual amo:
¡pues te amo, oh, eternidad!

¡Pues te amo, oh, eternidad!

III

Si algún día un hálito vino a mí de creadores hálitos
y de aquella necesidad celestial
que aún fuerza azares, coros de estrellas para que dancen:

si algún día con la risa
del rayo creador reí,
al cual el luengo trueno rencoroso del acto,
mas obediente acontece:

si algún día en la divina mesa de la Tierra
con los dados de los dioses jugué,
de forma que la Tierra trepidara y se partiera
y resoplara ríos de fuego:

pues una divina mesa es la Tierra
y tiembla por nuevas palabras creadoras
y por tiradas de los dioses:

Oh, ¿cómo no debería estar ardiendo por la eternidad
y por el ceremonioso anillo de anillos,
el anillo del retorno?

Jamás aún encontré a la mujer con quien quise tener hijos,
a no ser esa mujer, a la cual amo:
¡pues te amo, oh, eternidad!

¡Pues te amo, oh, eternidad!

IV

Si alguna vez de pleno bebí
de aquel espumoso cántaro de sazón y mixtura
en el que todas las cosas están bien mezcladas:

si mi mano alguna vez fundió lo más remoto con lo más cercano
y fuego con espíritu y apetito con aflicción
y lo más horrible con lo más benigno:

si yo mismo soy semilla de aquella sal redentora,
la cual hace que todas las cosas en el cántaro de mixtura
bien se mezclen:

pues hay una sal que amarra lo bueno con lo malo;
y también lo peor es digno de sazonarse
y al final desbordarse:

Oh, ¿cómo no debería estar ardiendo por la eternidad
y por el ceremonioso anillo de anillos,
el anillo del retorno?

Jamás aún encontré a la mujer con quien quise tener hijos,
a no ser esa mujer, a la cual amo:
¡pues te amo, oh, eternidad!

¡Pues te amo, oh, eternidad!

V

Si al mar soy favorable y a todo
con forma de mar
y aun el más favorable cuando me contradice furioso:

si aquel apetito indagador se halla en mí,
el cual impulsa a lo desconocido la vela
cuando un apetito de navegante se halla en mi apetito:

si algún día mi regocijo exclamó: «la costa desapareció,
ahora se me cayó la última cadena,

lo ilimitado brama por mí,
a lo lejos me relumbra espacio y tiempo,
¡venga! ¡Bien! ¡Antiguo corazón!»

Oh, ¿cómo no debería estar ardiendo por la eternidad
y por el ceremonioso anillo de anillos,
el anillo del retorno?

Jamás aún encontré a la mujer con quien quise tener hijos,
a no ser esa mujer, a la cual amo:
¡pues te amo, oh, eternidad!

¡Pues te amo, oh, eternidad!

VI

Si mi virtud de un danzante es virtud
y a menudo salté con ambos pies
en un júbilo dorado esmeralda:

si mi maldad es una maldad riente,
oriunda bajo rosas colgantes y matas de lirios:

si bien en la risa se encuentra el mal junto a sí,
mas bendecido y libre
mediante su bienaventuranza:

y si esto es mi principio y fin,
el que todo lo severo se torne ligero, todo cuerpo danzante,
todo espíritu ave: y, en verdad,
¡esto es mi principio y fin!

Oh, ¿cómo no debería estar ardiendo por la eternidad
y por el ceremonioso anillo de anillos,
el anillo del retorno?

Jamás aún encontré a la mujer con quien quise tener hijos,
a no ser esa mujer, a la cual amo:
¡pues te amo, oh, eternidad!

¡Pues te amo, oh, eternidad!

VII

Si alguna vez desplegué calmo cielo sobre mí
y con alas propias en cielo propio volé:

si ligero nadé en profundas lejanías de luz
y a mi libertad vino sabiduría de ave:

habla, pues, sabiduría de ave:
«ve, ¡no hay arriba, ni abajo!
¡Lánzate a dar vueltas, afuera, de vuelta, más liviano tú!
¡Canta! ¡No hables más!

¿Acaso no están hechas las palabras para los severos?
¿No mienten a los livianos todas las palabras?
¡Canta! ¡No hables más!»

Oh, ¿cómo no debería estar ardiendo por la eternidad
y por el ceremonioso anillo de anillos,
el anillo del retorno?

Jamás aún encontré a la mujer con quien quise tener hijos,
a no ser esa mujer, a la cual amo:
¡pues te amo, oh, eternidad!

¡Pues te amo, oh, eternidad!

Los siete sellos (o la canción del sí y el amén), Friedrich Nietzsche, traducción de Arim Atzin (María Ferreiro)