Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa
Soy filósofa de mi propia existencia, es decir, poetisa

La otra pandemia: crónica de Hugo Ortega Vázquez

Ciudad de México está vacía de nuevo. Han acallado los resquicios de sus callejuelas y ni siquiera se sabe cuándo volverá a tener ese llanto causado por la sobrepoblación. Por lo pronto descansa de tanta rutina, de tantos pasos, de tanto escupitajo sobre su piel gastada de concreto. El silencio que despide es otro diferente al de hace unas semanas, un silencio escondido tras los retablos de las iglesias antiguas y los teocallis destruidos. Ahora el vaho de entre sus avenidas es más divino y los pocos valientes que caminan pueden sentir la esencia pura de tantos siglos oculta bajo las faldas de los santos y las serpientes emplumadas de piedra.

La ciudad está vacía; sin embargo, las células de su organismo se encuentran enfermas, resguardadas tras las ventanas a causa de una pandemia que ni dios mismo entiende, ni se esperaba manipularan macabramente sus progenitores. Una epidemia salida de los infiernos mentales de su cerebro. Un nuevo experimento. El remedio más efectivo para controlar a las masas.

Son tantas las historias que se encierran en casa y tan pocas las que caminan temerarias, enfrentando lo que podría ser una de muchas interminables pandemias, aunque no tan violenta como otras que posiblemente nos esperen más adelante. En un futuro los unos querrán hablar de una metrópoli de ensueño, desocupada y taciturna, donde rugen leones de mármol y se elevan pegasos de alabastro. Los otros hablarán del miedo que tuvieron a morir infectados, dentro de un horizonte en metros cuadrados y un apestoso baño melancólico.

—¡El temor es más poderoso que salir y escuchar los latidos de una ciudad que respira sin maldad terrenal! —Dicen los poetas— ¡Y cuando callan las tapias de una ciudad ultrajada, somos los únicos confidentes de ella! Nos habla quedamente, como si fuéramos el confesor y el verdugo, al final escribimos la sentencia de ese secreto en símbolos metafóricos, entre líneas y metros, microbuses y trenes ligeros —cuentan también los sensibles escribanos.

La réplica de lo que somos no está frente al espejo, está enterrada dentro del pánico. Comienza a morirse el alma enclaustrada que implora libertad.

El sueño para la ciudad es un sueño de otro tiempo. Zozobra para los asustadizos. Una pesadilla de muerte que envuelve a los balcones inertes.

Érase una vez una urbe despejada donde los humanos que la pisaban huyeron como ratas deseosas de oscuridad y migajas y, en vez de queso, papel higiénico para sus sucios nidos cerebrales. Ahora sobre los edificios vuelan aves carroñeras, esperan a que comiencen a saltar al precipicio, uno por uno de los desdichados, moribundos de sueños. Ellas saben esperar hasta el fin de la pudrición.

—¡No es nada fácil vivir consigo mismo! —Por eso muchos prefieren ocultar el alma en los espejos y saltar. Prefieren matar al cuerpo que se infecta con facilidad de virus, antes que combatir su propia cobardía.

La muerte ahora se ha transformado en una metáfora rota. Ya no es pura. No es un enigma como en la antigüedad cuando morías de forma natural. Es hora de confesar nuestros secretos a los templos vacíos, donde ya no hay sacerdotes por temor a morir prematuramente y jamás conocer a su dios. Confesemos los pecados a los ángeles de yeso, además ellos no se enferman, porque son los desterrados de un paraíso industrial. Sabrán escuchar nuestro testamento y santificarnos con sulfato de calcio sobre nuestras frentes.

Esta ciudad cambia de piel y muy pocos notan la metamorfosis. Un eterno sin retorno, una metáfora que se quiebra cuando el humano ya no puede con su levedad. Ya no hay máscaras por ahora, existir solo delata lo insoportable en que nos hemos convertido, exiliados en nuestra propia alcoba.

Ahora puedes mirar a través de las grietas que se encuentran entre las paredes, resquicios avejentados y polvientos, pero llenos de confidencias de quienes habitaron tiempo atrás en nuestra patria vejada. ¡No prefieras mancillar la voluntad que te queda y desperdiciarla en sufrimiento! Tal vez ahora, con el lapso que dictan para “quedarte en casa”, se pueda encontrar la sonrisa momificada de un pasado envuelto en arcilla y salitre amargo, uno que nos pueda mostrar lo mezquino y miserable en que se ha convertido el humano. O tal vez encontremos la valentía de aquellos que murieron enfrentando a los usurpadores extranjeros.

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Amo la libertad y me gusta el aire libre que orea a la tierra fresca. Ellos, en cambio, están sentados fríamente entre las sombras frías; no quieren ser sino espectadores en todo y se guardan muy bien para no sentarse donde el sol abrace a los escalones.

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

El tacto ahora está prohibido. ¡Ay de ti si la acaricias! Corres el riesgo de contagiarte de valentía y, si la besas y la abrazas, corres el riesgo de enamorarte y darte cuenta de que solo con el amor te puedes salvar de la peste.

Nunca hemos desaprendido a ser, a como nos han educado desde el vientre de nuestra madre. El monopolio que dirige el orden mundial lo sabe. Nos dejamos guiar por el canto de sirenas amaestradas y caemos rendidos al temor de infectarnos de la libertad que tanto temen. Se camina a ciegas con el rabo entre las piernas con lo que dictan los medios, una realidad aparte a la que se vive cuando se tiene necesidad. Si no te mueres de virus, te mueres de hambre y también de encierro. ¡Si no te mueres, te matamos la poca fortaleza que te queda! ¿Qué más da si eres solo un experimento generacional y haces expandir la peste a los cerebros vulnerables? Qué más da si sabemos que somos enfermos con emociones incontrolables. Por eso no les preocupa el encierro, porque saben que saldremos sí o sí: locos, paranoicos o esquizofrénicos. Pero lo más suculento es que saldremos temerosos y divididos, pues los abrazos que poco a poco se habían conquistado y las flores y los versos ganados con tanto esfuerzo han sido suplidos por el pánico y la burla mediática a nivel mundial.

—¡Se ha levantado el confinamiento! —nos dirán y, entonces, se saldrá a festejar en tumulto una victoria que no será la nuestra. Una burla más ante el gran símbolo de libertad de México. Un ángel que calla cómplice. Un ángel libertario de bronce y disfraz de oro que ha sido espectador de la mentira de los últimos siglos.

* * *

Érase una vez una ciudad que se quedó vacía, en donde en vez de lavarse las manos, se imploraba un vaso de agua para beber. Una pandemia solo para los pobres. Bienaventurados los sedientos, porque de ellos será el reino de los incinerados. Mientras son quemados entre las cenizas de otros cuerpos, los encerrados se vuelven sombras de rostro grisáceo mirando con desdén el caminar de los necesitados y la súplica de enfermeros y enfermeras que luchan por no contagiarse. Los encerrados fruncen el ceño en son de reclamo y los libres fruncen el bolsillo para contar las pocas monedas que sobran. ¿Y después? ¿Qué pasará después de esta pandemia? ¿Qué pasará después de la muerte de nuestra osadía?


Hugo Ortega Vázquez (Akbal), La otra pandemia